Juliano el Apóstata - Gore Vidal
El filósofo guerrero - Juliano el Apóstata -  Gore Vidal Literatura Extranjera

Nuevas opinión ... al final consigue ser emperador de Oriente y cuando se disponía a la guerra civil por el poder absoluto contra su primo, la muerte de est... más

El filósofo guerrero
Juliano el Apóstata - Gore Vidal

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Juliano el Apóstata - Gore Vidal

Fecha: 27/09/01 última modificación 01/10/01 (1460 Número de veces leída)

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Ventajas: Esclarecedor sobre una de las etapas más decisivas de la Historia

Desventajas: Si eres católico a lo mejor no te hace mucha gracia

Juliano corresponde a ese tipo de personajes históricos que les tocó la difícil papeleta de gobernar cuando todas las cartas están ya sobre la mesa. Este personaje vivió durante el siglo IV d.C llegando a ser emperador por una de esas carambolas de la vida. Fue sobrino de Constantino El Grande, que curiosamente corresponde a ese otro tipo de personajes históricos que sin merecerlo fue ascendido a los más altos altares de la Historia como un gran benefactor de la Humanidad. A la hora de leer este libro, conviene tener muy claro el papel jugado por Constantino, pues el reinado de Juliano se ve fuertemente influido por él.



Como todos sabemos, Constantino, fundador de Constantinopla, fue el emperador que oficializó en el Imperio Romano la religión cristiana. A lo largo de los siglos la Iglesia nos ha vendido la imagen pía de este emperador, gran adscrito a la causa cristiana. Sin embargo, estudios históricos “independientes” ven en esta adhesión un oportunismo utilizado para frenar en la medida de lo posible la descomposición del Imperio Romano. Constantino se aprovechó de la organización en diócesis de la Iglesia cristiana para sostener el Imperio, apoyando a los obispos con múltiples prebendas (como la exención del pago de impuestos, cesión de terrenos,...) de manera que la entonces débil organización del Estado se sostuviera en la organización eclesiástica.



Así, Constantino abrazó (sin bautizarse) el cristanismo e hizo de él la religión oficial del Imperio. Y aquí comenzó la carrera de la Iglesia por hacerse un hueco en el poder terrenal. Diferentes facciones dentro de la misma Iglesia comenzaron luchas sin cuartel cuyo fin aparente era dilucidar la Verdad sobre Dios, pero soterradamente luchaban en cruentos conflictos de intereses económicos de atractivas diócesis. De este modo, la Iglesia pasó de ser perseguida a perseguir a los no cristianos y a perseguir a las facciones “disidentes” dentro de su propia organización. Constantino fue parte muy activa en estos conflictos internos, haciendo y deshaciendo a su antojo, convocando concilios a su conveniencia, donde se condenaron las doctrinas que le parecieron, como por ejemplo el arrianismo (tenía la costumbre de desterrar o condenar a muerte a aquellos obispos que no se afirmaban en las corrientes de pensamiento que él mismo dictaba) y en los que se “gestaron” los grandes dogmas de la religión cristiana (como la divinidad de Jesucristo o la Trinidad, inexistentes en ninguno de los supuestos libros sagrados). Es aquí donde ese judio reformador que dijo que había venido a cumplir la ley de Moisés y que, sin embargo, años atrás había sido convertido en fundador de una religión sin saberlo, ahora se ve conviertido nada menos que en dios.



Al parecer por la boca de Constantino hablaban Dios y el Espíritu Santo y se llegó a poner al nivel de los mismísimos apóstoles (y eso que no estaba bautizado). La Iglesia hizo vista gorda y no se quejó de este comportamiento, no en vano, estaban forrándose en oro literalmente. ¿Era realmente el fin de Constantino conseguir la Verdad religiosa? No, Constantino luchó contra las disidencias de la Iglesia para evitar que ésta se fragmentara y con ella el Imperio Romano. Finalmente, al llegar el momento de su muerte, decidió bautizarse, estratagema considerada por muchos como la manera que permitía a los gobernantes vivir como asesinos y morir como santos con todos los pecados perdonados. Para colmo de su desfachatez, fue bautizado por un obispo arriano, doctrina que había perseguido enconadamente durante su mandato. De manera que a su muerte, los proscritos arrianos se encontraron en la cumbre del poder eclesiástico, siendo la nueva directriz doctrinal de moda (a qué caprichos les sometieron las revelaciones divinas que se sucedían en los concilios).



Los dos hijos de Constantino, Constante y Constancio, primos de Juliano, continuaron con una línea política tan similar a la de su padre como lo son sus nombres. Es con ellos con los que comienza la historia de este libro.



Perdón por la introducción tan larga pero creo que antes de comenzar a leer “Juliano el Apóstata” es necesario tener muy presente esto que acabo de comentar pues se corre el peligro de perder el norte y pensar que Juliano fue uno de tantos “críticos porque sí” del cristianismo. Sin embargo, Juliano vivió todo esto que he relatado arriba y era muy consciente del poder de la Iglesia, con la que se topó de bruces cuando asumió el poder. Este libro, en mi parecer muy bien planteado, se estructura en torno al diálogo epistolar sostenido entre Prisco y Libanio en las postrimerías del siglo IV d.C, años después de la muerte de Juliano, cuando Libanio pretende publicar unas memorias que hagan el honor merecido a Juliano, en esos días muy denostado por su actitud crítica frente a la Iglesia. Ambos personajes conocieron en vida a Juliano y lo trataron muy de cerca, lo cual les permite, a medida que leen las memorias que dejó el propio Juliano, ir comentando que hay de cierto y de falso en ellas, así como aquellos aspectos que Juliano obvió en las mismas, bien por olvido, bien por interés.



Creo que no hay mucho problema es desvelar un poco el argumento del libro, pues es su propia vida, tal cual se puede encontrar en cualquier libro de historia. El libro consta de tres partes que constituyen las tres etapas de la vida de Juliano: Juliano joven, Juliano César y Juliano Augusto. La primera de ellas nos presenta a Juliano, un joven perteneciente a la familia imperial cuyo padre ha sido asesinado por el emperador. Este joven ama la filosofía y la cultura griega, que estudia con verdadera fruición, intentando mantenerse al margen de los acontecimientos políticos en una época en que su vida corre verdadero peligro. Aquí se nos presenta al Juliano más humano, que se devana los sesos en un debate interior entre la religión cristiana que le impuso familia y las antiguas religiones que le imponen sus idolatrados pensadores griegos y la cultura del viejo Imperio. Estos últimos serán los que salgan ganando, obligando a Juliano a prestar culto de manera oculta a los antiguos dioses. De esta manera nos vemos introducidos en ritos ancestrales como los cultos mistéricos a Mitra y a Eleusis, de gran difusión en el Imperio en los momentos anteriores al advenimiento de Constantino. Juliano ve estos ritos como verdaderos, no en vano son los que los cristianos están copiando y adaptan a su propia mitología. (Mitra, divinidad de origen persa que se remonta al año 1000 a.C, nació de madre virgen, un 25 de diciembre, murió y resucitó al tercer día y en sus misterios ya se practicaba la teofagia, ¿dónde he oído yo esto antes? Esta divinidad tuvo mucha aceptación en Roma y se considera que fue el último gran rival de la religión cristiana, que astutamente la fagocitó). Esta es tal vez la parte más interesante del libro, pues te acerca mucho a lo que fue la cultura del mundo antiguo en sus últimos días y descubre las argucias del proselitismo cristiano por conseguir el mayor número de adeptos. También se presenta a un Juliano extremadamente supersticioso e influenciado por magos, oráculos y demás iluminados que no dudaron en pegarse a él por si un día la flauta sonara (como sonó). A mi modo de ver, este fue uno de los grandes errores de Juliano, la falta de visión crítica hacia su propia religión y sus supersticiones.



Por circunstancias de la política, Juliano se ve obligado a ocupar un puesto de poder debido a la desconfianza de su primo Constancio en sus colaboradores. Así, Juliano es nombrado César de Occidente y se ve obligado a dejar su futuro como eterno estudiante en su amada Asia y convertirse en guerrero en la Galia. Esta transición, que inicialmente le causa enormes reparos, finalmente le acaba encantando, descubriéndose como un estratega nato pero, para su suerte, infravalorado por su primo. De esta manera, cuando su primo se da cuenta del verdadero valor de Juliano, ya es demasiado tarde, Juliano ha sido nombrado Augusto por su ejército. Lo mejor de esta parte es el contraste de culturas Oriente – Occidente que subyace en la narración.



Constancio muere mientras se dirige a sofocar la rebelión, por lo que Juliano es nombrado legalmente Augusto. Llegado este momento, Juliano tiene en sus manos la posibilidad de cambiar la Historia, restableciendo el helenismo, que ya se encontraba en pleno proceso de desaparición. Así entramos en la última parte del libro, donde se describe el gobierno de Juliano, basado principalmente en la tolerancia religiosa al permitir libertad de culto (a pesar de sus arrebatos por las malas artes de los cristianos), en su política de recortes (después de la ostentación de sus predecesores y del abuso de los obispos) y en su guerra contra Persia (donde terminó su sueño). Es aquí donde vemos como día tras día, Juliano choca frontalmente con el poder eclesiástico, muy bien instalado en la corte y que se resiste a abandonar su posición privilegiada en el Imperio Romano. No en vano, Juliano fue muerto a los 33 años por una conjura de la facción cristiana de su ejército.



En resumidas cuentas, creo que es un libro muy interesante de una parte oscura de la Historia que pudo cambiar el mundo tal y como lo conocemos hoy y que muchos prefirieron esconder y olvidar bajo el epíteto de Apostasía. Es el último intento de descubrir el engaño de la mejor mentira de la Historia.

Conclusión: