Noche y niebla - Juan Andrés Moya Montáñez
La realidad ficcionada - Noche y niebla - Juan Andrés Moya Montáñez Literatura Española

Nuevas opinión ... pero se comprende por la poca difusión, me pareció justo y realicé la compra. Llegó a casa en pocos días y muy bien empaquetado, del ... más

La realidad ficcionada
Noche y niebla - Juan Andrés Moya Montáñez

Kayena

Nombre del usuario: Kayena

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Noche y niebla - Juan Andrés Moya Montáñez

Fecha: 26/05/12

Valoración::

Ventajas: Todas

Desventajas: Ninguna

ARGUMENTO:

Es complicado escribir el argumento de una novela cuando esta es corta e intensa, mucho más, si cabe, cuando el desarrollo de la trama y personajes es tan denso y concentrado como la que nos ocupa. Por ello, pido perdón a quienes no la hayan leído porque habrá spoilers, por lo que os recomiendo que os saltéis este apartado para evitarlos.

Lucía, a sus siete años, adoraba y admiraba a su padre, un hombre capaz de bajarle la luna si fuera preciso o encerrar al sol con sólo desearlo. La relación con su madre siempre ha sido distinta, al ser ella más reservada y distante. El paso de los años, dieciocho exactamente desde que salieron de su Argentina natal rumbo a España, no ha hecho otra cosa que perpetuar esos sentimientos.

Eso es lo que piensa Lucía, mientras vela a su padre en la habitación del hospital madrileño donde se encuentra convaleciente, tras sufrir dos derrames cerebrales, hasta que una anciana se acerca a verle. La deja entrar, pensando que es una vieja conocida, hasta que ésta le asegura que su único deseo es el de comprobar que ha muerto. Lucía, desconcertada, la echa de la habitación, pero la mujer antes de marcharse le entrega un recorte de periódico donde se habla del descubrimiento del cadáver mutilado de un estudiante que había desaparecido tiempo atrás. Este joven es el hijo de la anciana y en el artículo se explica como ha sido secuestrado y torturado en un lugar llamado "La Escuelita", del que era responsable Carlos Alberto Barda, el padre de Lucía.
Es entonces cuando pide explicaciones a su madre...


IMPRESIONES:

Juan Andrés Moya ha creado una historia que nos lleva a los avernos y nos hunde en el abismo más espantoso. No voy a extenderme -hay demasiada documentación al respecto- hablando de lo que ocurrió en Argentina en el período comprendido entre 1976 hasta 1983, cuando la Junta de Comandantes asumió el poder y el país vivió bajo el yugo opresor de un régimen dictatorial que sembró el terror de manera implacable, concibiendo el proceso más cruento que ha vivido la nación en toda su historia. El afán por someter a la población llegó a límites insospechados recurriendo a toda clase de torturas.
De todo ello somos conscientes a través de esta historia, de ello y de mucho más. Asistimos al suplicio de un joven, Fernando Pironi que, como tantos otros, fue apresado y torturado por el aparato del Estado. Juan Andrés Moya no deja ningún atisbo de duda sobre el infinito potencial sádico que es capaz de demostrar el monstruo que la lleva a cabo, precisamente el mismo ser que cuando vuelve a su casa es capaz de derrochar ternura ante su hija. Pero también somos conscientes del dolor de su madre, una anciana ya, cuya única obsesión es la de asistir a la muerte del verdugo se segó la de su hijo.

- Vine para ver cómo se muere este hijo de puta.A Lucía se le derrumbaron la mandíbula y el sosiego. Las mejillas se arrebolaron de una rabia abrasadora.

- ¿Cómo se atreve a hablar así de mi padre? -dijo levantándose de la silla como un resorte. - ¡Lárguese de esta habitación! ¡Fuera!, ¡lárguese!

- Este hijo de una gran puta me mató a mi hijo, a mi Fernandito.

Y también somos testigos de la pusilanimidad de la madre de Lucía, que siendo conocedora de los hechos, siguió al lado de su marido. Esperando un milagro. Sin embargo, fue incapaz de contarle la verdad a su hija, a pesar de la insistencia de la joven por conocer los motivos por los que emigraron a España, dejando su hogar de la noche a la mañana. Esta cobardía es común en sus progenitores, porque a fin de cuentas, desde la cobardía y la pusilanimidad se han realizado muchas atrocidades. Por ello, cuando la anciana entra en la habitación del hospital donde se halla ingresado su padre, agonizante, tras sufrir dos derrames cerebrales y le lanza un recorte del diario "Clarín", intuye que su mundo caerá sobre ella, porque se ha instalado en su conciencia el viento de la duda, con tal fuerza que ya nada volverá a ser lo mismo. Entonces pide explicaciones a su madre y éstas caen como una losa, porque no son más que la constatación de todo ese espanto:

- ¡No!, ¡no! Su trabajo era defender a la Argentina de los Bolche, del comunismo, de la hecatombe. Estaba convencido de lo que hacía, ¿me oís?, convencido de tener a Dios de su lado, de defender la causa más justa. Y yo también lo creía. Al principio, lo creía. Creía en su fuerza, en su pasión. Era un hombre bondadoso conmigo, tierno. ¿Cómo no iba a creer en él? Pero, poco a poco, esa pasión se fue desvaneciendo, como un humo que se pierde en la noche. Y lo único que quedó fue el odio y la crueldad. Para cuando me di cuenta, ya era tarde. Vos tenias pocos años, y yo no tenía vida más allá de la que él me concedía.

Y nos hundimos con Lucía en su soliloquio, ajena hasta ese momento a toda la tragedia de la que su padre ha sido responsable durante aquellos años atroces. Y disfrutamos, yo por lo menos no voy a negarlo, no sólo en el momento postrero en que ella le increpa a los pies de la cama, declarándole su odio eterno y abandonándole a su suerte, sino al ser consciente de su último estertor.

Entendió el calvario de sus mártires, y no supo respirar.
El hipo incesante hipó sin respuestas.
Los picos agudos enfermaron de valles.
Los dedos mohínos se contrajeron.
Y, por fin, tras un bostezo asfixiado, la nada lo devoró.

Con respecto al estilo, salta a la vista que Juan Andrés es un artesano de las letras y del mismo modo que un escultor cincela su obra, a golpe de martillo, él va dejando su alma en cada frase, en cada metáfora, labrándola a su antojo y añadiendo cuantas filigranas brotan de sus entrañas. Su pericia en el uso del lenguaje es impresionante, pero también solemne. Si a ello le añadimos la exuberancia de léxico que derrocha, hasta el punto de producir un cierto desmayo en el lector que se pierde en esa pirámide de recursos estilísticos y no acierta a ver el cielo, el lector queda anonadado. Y a medida que vadeamos por su historia, el relato se nos hace más profundo, más intenso. Y nos condiciona. Nos obliga a tomar partido y ponernos en la piel de los personajes y entendemos su dolor. Me ha conmovido el uso del acento argentino. Y la delicadeza al comprobar como en los capítulos que se desarrollan en el país natal de los protagonistas, en el pasado, es ostensible, mientras que en el momento presente se vuelve menos perceptible.

En este sentido y para quien a estas alturas no conozca el estilo inconfundible de Juan Andrés, intentaré explicar su modo de escribir recurriendo a un símil: la conocida historia del pobre y el creativo.

Resulta que en una ocasión había un pobre sentado en el suelo de un parque. Tenía una gorra a sus pies, en la que apenas se apreciaban unas pocas monedas. A su lado, un cartel, donde rezaba esta frase: "Por favor, ayúdeme, soy ciego". Un buen día pasó por su lado un creativo y se detuvo. Cogió el cartel y en el dorso del mismo escribió otra frase, para seguidamente dejarlo en su sitio y marcharse. Al cabo de las horas volvió al lugar donde se encontraba el mendigo y comprobó que la gorra estaba llena de billetes y monedas. El ciego, reconociéndole, le preguntó que qué había escrito en el cartel para que las cosas hubiesen cambiado de esa manera. El joven respondió que algo tan cierto como lo anterior, aunque cambiando las palabras por éstas: "Estamos en primavera... y yo no puedo verla".

Pues bien, esta historia que Juan Andrés ha creado, es tan real como la vida misma; los sentimientos que en ella se expresan son tan reales como cualquier otro sentimiento, pero a la hora de expresarlo el autor da un giro espectacular. Nos invita a viajar en un vehículo que simboliza la esencia de su estilo, traspasando el tiempo, por las holgadas autovías de la memoria, aunque para acceder a ellas tengamos que hacerlo a través de las comarcales de la conmiseración, para no pagar el peaje de la ingratitud.

Sin embargo no sería yo si me escapase de esta reseña sin explicar algo que entiendo debo decir, dejando claro que es un consejo y como tal, él puede tomarlo o ignorarlo. Es algo tan sencillo como que creo que abusa en cierta manera del uso de la metáfora, porque precisamente en esta novela, se aprecian capítulos donde la lectura es una delicia cuando este recurso aparece sorteado; en otros, sin embargo, el texto parece haber sido escrito con el pensamiento puesto en el arte y el ritmo se pierde en aras al buen entendimiento. Aún así, reconozco que es su estilo, su seña de identidad.
CONCLUSIONES:

Me ha resultado muy complicado escribir esta reseña. Si hay algo que temo, por encima de todo, es no parecer imparcial. Que duda cabe que mi relación con el autor se presta a ello, porque conocer a alguien, aunque sea de manera virtual puede hacerme perder objetividad. Pero hay algo que es palmario es esta pequeña joya (pequeña por su extensión, que quede claro): Juan Andrés escribe con las entrañas de una manera notable y su historia es un ejemplo claro y palpable. Su prosa es un lujo para los sentidos, en toda la extensión de la palabra.

Después, como añadido, nos encontramos con la historia en si, porque desconcierta nuestra ficcionada materialidad, porque el autor nos invita a hacer una dura reflexión sobre algo que ciertamente ha sucedido y eso nos conmueve casi tanto como la sensaciones que sufre Lucia al comprobar la clase de engendro que era su padre. Y no puedes abarcar los sentimientos encontrados que te provoca esta novela por lo que sólo puedo recomendarla de manera fehaciente, deseando, en lo más íntimo, que esta ficción transformada en realidad no quede en el olvido, por respeto a las víctimas. Lucía lo tuvo claro y yo creo que difícilmente lo olvidaré.

Conclusión: "Noche y niebla" es la ópera prima de Juan Andrés Moya Montáñez, una novela corta, muy intensa.


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